martes 19 de abril de 2011

Vuele con nosotros



No entiendo por qué la gente es tan reacia a volar con Ryanair. La verdad es que yo lo he hecho por primera vez tras dos intentos y sé que repetiré.

El primer intento, fallido, fue por culpa mía. Al sacar el billete resulta que me equivoqué y puse como Middle Name mi primer apellido, por lo que al imprimir la tarjeta de embarque sólo aparecían mi nombre y mi segundo apellido. No me dejaron cambiarlo, no me dejaron volar.

La segunda vez, escarmentado, saqué la tarjeta de embarque correcta y pude coger el vuelo, que es toda una odisea.

Digamos que es como un circo. Y paso a describirlo brevemente.

Primero uno llega al aeropuerto de Biarritz, pasa el arco de seguridad (como siempre, toca casi desnudarse, porque entre quitarse el cinto, los zapatos, etc…), luego ya se dirige a la puerta de embarque, que como es improvisada, pues la aduana consiste en una señorita (gendarme, of course) con una especie de mesita auxiliar en mitad de un pasillo que le pide a uno el pasaporte, lo mira y se lo devuelve. Muy casero. Entonces, tranquilamente uno pasa el embarque, y se sienta a esperar, cosa que hace todo el mundo.

Lo divertido de volar con Ryanair comienza entonces.

El avión llega y se coloca cerca de (que no en) la puerta de embarque, y empiezan a bajar los pasajeros que llegan.

En ese momento todo el mundo se levanta (queda más de media hora para embarcar) y se agolpa junto a la puerta. Esto sucede porque no hay asientos asignados y entonces el que primero llega elige sitio. Así que, plantados como imbéciles se ponen todos como locos durante media hora larga (y no, no es cierto que en Europa las filas se respeten…se hace al motrollón como aquí).

Luego, cual pistoletazo de salida abren las puertas y todo el mundo a paso ligero caminando por la pista hacia el avión. No sé, me venían a la cabeza imágenes de la San Silvestre, pero sin mallas, ni dorsales.

Habilitan escalerillas para acceder tanto por delante como por detrás del avión, pero curiosamente todo el mundo se agolpa en la de delante. Yo, intrigado, pregunté a una azafata si era posible entrar por la puerta de atrás, a lo que ella me responde que sí y que no entiende por qué nadie la está utilizando. Me dirijo a la puerta trasera y subo al avión, coloco mi equipaje de mano y elijo sitio en ventanilla.

Por supuesto detrás de mí vienen hordas que se dan cuenta de mi jugada, pero yo ya estoy en cabeza y escapado y llego a meta el primero.

Una vez acomodado, y viendo que viajo solo en mis tres asientos (a la ida) espero a despegar, presenciando antes una bronca entre una madre con dos bebés y una azafata.

La azafata de repente tras la bronca decide que hay que hacer sitio en los maleteros y empieza a coger chaquetas de la gente y a repartirlas sin ton ni son. En cuanto coge la mía, me levanto enfurecido y le digo que no la toque, que ya lo hago yo. Me la coloco sobre las piernas y me vuelvo a poner en posición de despegue. Despegamos y decido echar una cabezada tras sobrevolar las Landas.

15 minutos de cabezada porque viene el carrito ofreciendo algo de beber. Por supuesto de pago (500 ml de agua 3 euros… prefiero pasar sed).

Me vuelvo a colocar en disposición de dormir.

A los 5 minutos pasa otro carrito ofreciendo algo de comer.

Me vuelvo a poner en posición de dormir.

A los 10 minutos pasa un azafato con una bolsa de basura pidiendo basura para llenarla (Rubbish...Rubbish).

Me vuelvo a acomodar, esta vez sin demasiada intención de dormir.

A los 10 minutos viene un azafato ofreciendo “rascas”… “6 rascas por 5 euros, oiga!!”.

Me vuelvo a poner cómodo, aunque ya no tengo intención alguna de dormir, es más estoy expectante a ver cuándo aparece el funambulista, o bien las acróbatas o el payaso, porque esto parece un circo. Me empieza a resultar divertido.

Ahora tocan anuncios comerciales por megafonía.

Pasado un rato vuelve el de la basura pidiendo “basura” (Rubbish… Rubbish…).

Empiezo a estar convencido de que en breve saldrá un hombre tostado por el sol, en pantalón corto y con la camisa abierta hasta el ombligo, con un cubo en la mano con hielo y latas dentro y gritando “Hay coca colaaa, cervezaa, fanta naranjaaaaa, fanta limón….”

Pero parece que no, que en su lugar aparece al fondo el carrito, esta vez ofreciendo perfumes.

En estas el comandante (que yo me temo que es un cabo raso) anuncia que vamos a aterrizar y las del carrito empiezan, despendoladas, a moverse a cámara rápida, ofreciendo a diestra y siniestra (Parfums,parfums,parfums…. Casi sin respirar).

El aterrizaje… como el esperable dentro de la tónica (el del cubo también tendría tónica?), es decir, brusco. Y entonces, lo mejor.

Suena una especie de musiquilla de feria “TUTURUR´-TUTÚ!!!!!” como cuando se acaba el tiempo de la ficha de los autos de choque y la gente se pone a aplaudir.

Por supuesto, te dejan en mitad de la pista y hay que andar, entre pista y pasillos aproximadamente media hora hasta llegar a la salida (porque es más barato así)

Así que insisto, es maravilloso volar con Ryanair. Creo que sólo se me ha olvidado el azafato pasando con tarjetas de prepago para móviles. Pero bueno, la verdad es que en 105 minutos de viaje, ni siquiera a mí me daba tiempo a registrarlo. Quizá me deje algún otro.

La próxima vez, que la habrá, tengo que pedirles la marca de zapatos que usan a los vendedores de vuelo (porque auxiliar... poco, pero vender... jesús).

Porque si algo tengo claro, es que nunca en un vuelo, me lo he pasado tan bien.

Au revoire

miércoles 18 de agosto de 2010

Buy some time


Sin dar más detalles, seis días en Florida no parece tampoco algo digno de mención. Si añado el detalle de que he visitado a mi hermana, y si a eso le sumo que hacía diecisiete años que no nos veíamos, entonces, claro es que este hecho debe eclipsar cualquier otro que haya sobrevenido a lo largo de este último año. Y así es. Diecisiete años en que no supe cuán grande era el agujero que su ausencia dejó en mi corazón. Seis días para conocer el alcance del mismo y para que ese agujero cerrara, colmatando en una lágrima en mis ojos con su solo recuerdo.

A pesar de que el problema del idioma y mi falta de uso del inglés básicamente, nos robó tres días enteros de los seis, tres días preciosos que no recuperé salvo en la necesidad imposible de haber prolongado mi estancia. Pero, ¿Cúanto habría querido prolongar mi estancia? Seguramente no habría sido capaz de marcar un fin diáfano en mi necesidad de disfrutar de ella. Seis días en los que volvimos a ser los que fuimos cuando adolescentes, pero envueltos ya, en una inevitable vida de adultos. Seis días en los que nos hemos reído, más hemos llorado, pero sobre todo, nos hemos abrazado, a veces con las palabras, siempre con las miradas y a menudo físicamente. Seis días en los que he conocido a mis sobrinas, Mia y Tatiana. Dos seres dulces de siete y cinco años que me han hecho adorar los niños. Que he vuelto a ver los ojos azules de mi hermana y sus hijas. Sus sonrisas idénticas y su gran sensibilidad. Seis días para darme cuenta de que, tal y como dice el tango, quince años no es nada. Ni diecisiete. Porque cuando hay una línea abierta de sangre por medio, que une dos almas, ni la distancia de todo un océano ni el tiempo que pasa inexorable, pueden destruir nada. Al contrario. Esa sensación de habernos visto hace dos días, esa calidez, ese cariño mutuo, sólo consigue que la distancia emborrone mis ojos al pensar en ellas y lo difícil que la vida pone la distancia, para que al final, todo resulte como al principio, de nuevo.

Y es entonces, cuando de nuevo la vuelvo a echar en falta. Cuando me gustaría que estuviese aquí conmigo. O estar yo con ella. Cuando maldigo la distancia de la gente que se va, de la gente que regresa. De la gente que pasa por mi corazón abriendo una brecha, a sabiendas de que más adelante huirá. de mi corazón que se abre, consciente también de que luego habrá de sentirse abandonado y abandonará a su vez.

Y en el mismo acto de maldición repito la asunción. Y a menudo me encuentro en la más pura insustancialidad de la contradicción. Porque asumo como natural, y me alegro, esa diferencia, esa distancia, y la acepto tal y como viene. A veces me gustaría no conformarme.

jueves 27 de agosto de 2009

Y si muriera ayer

Y si muriera ayer, sonreíd.
Pues desperté vagando por Paris
Atravesando sus bulevares imaginarios
Desconocidos a mis ojos, que no a mis sueños
Y la Piaf me susurraba su “Vie en rose” rota.

Y si muriera ayer, sonreíd.
Porque la lluvia fría de la mañana
Alivió el peso almacenado por el verano
En mis pulmones cargados y resecos de sol.
Y las gotas resbalaban por mis mejillas, empapando la razón.

Y si muriera ayer, sonreíd.
Pues el camino a casa fue largo
Guiado por la luna creciente
Marcando siempre el Mediodía.
Y las nubes apagaron las bujías de la noche.

Y a diario, si muriera, a diario, sonreíd.
Y mirad al cielo y pensad en mí.
Y dedicadme una sonrisa.

martes 19 de mayo de 2009

Pérdidas

Estos últimos días el mundo del arte ha sufrido dos pérdidas. Por un lado Antonio Vega nos dejó. Por el otro ha sido Mario Benedetti.




martes 31 de marzo de 2009

Ciudades



A día de hoy sigo sin comprender cómo muchas ciudades determinan sus límites. Entiendo la ciudad como cuando de pequeños estudiábamos lengua, es decir, como un sustantivo colectivo, pero con una pequeña diferencia que quizá me haya dado la edad: la ciudad es un ser colectivo, pero ser. Vivo, cambiante, abstracto en su concepto pero de magnitudes concretas, al menos durante un lapso de tiempo, por breve o extenso que éste sea.

Pero las ciudades de mi infancia poseían límites concretos. Eran ciudades del norte, acorraladas por montañas, frenadas en su crecimiento por ellas, o por el mar, único horizonte libre del que disponían. Las montañas definían a los ojos de un niño el límite físico de la ciudad. Montañas por las que la ciudad iba trepando atormentada saliendo de su agujero, hasta que éstas la estrangulaban y, debido a sus pendientes excesivas, y tras una lucha de callejas serpenteantes y bloques descolgados de las laderas, éstas ganaban a la ciudad y le imponían su círculo máximo, de donde la ciudad no podía escapar. Cuando uno había llegado a ese límite era plenamente consciente de ello, la montaña o el mar le decían “Hasta aquí puedes llegar” y volvía a casa contento de haber conquistado el fin del mundo posible.

Ya de más mayor he conocido ciudades donde esto no sucede. Ciudades llanas de interior que terminan donde el hombre decide y planifica su límite. Y así las últimas casas de las barriadas perimetrales miran al campo y al horizonte. Un horizonte despejado, premeditado, equidistante. Ciudades que no se enraízan con el medio físico, que no se baten con él, sino que se asemejan a una alfombra desenrollada sobre la tarima de un piso. Ciudades que me resultan artificiales, que me transmiten tristeza y que, al fin y al cabo no se asoman a ninguna parte. Ni a la línea de costa ni al balcón de las laderas de una montaña. Ciudades creadas sin esfuerzo y con tiralíneas, demasiado ordenadas para mi caos infantil. Estas ciudades me producen una gran ansiedad cuando, paseando por sus arrabales, llego a la última calle, sobrepaso la última construcción y encuentro campo, llanura, horizonte, todo y nada. Y me pregunto ¿Y ahora qué?¿Qué hay más allá? Con las manos en los bolsillos, alzo los hombros resignado, doy media vuelta mirando atrás de vez en cuando por si sólo se trata de una percepción y realmente hay algo más, compruebo que no, y regreso andando, arrastrando los pies, alicaído.

Ciudades en las que no hay lugar para los contrastes, para los sueños, para los tormentos, para los deseos y las tristezas. Ciudades planas de habitantes planos, ciudades ordenadas de habitantes ordenados, donde todo problema se sufre y se resuelve de puertas adentro, donde nada trasciende a la vida pública y todo se escapa entre sus calles sin encontrar laderas que devuelvan el eco, como se escapa el agua entre los dedos, trenzando hilos que desaparecen nada más pasar.

Y de igual manera que el medio físico determina la configuración urbana, la configuración urbana determina en gran medida la personalidad de sus habitantes.

En las ciudades caóticas la vida de sus habitantes resulta compleja. Un torrente rápido, continuo ir y venir tortuoso de sus gentes, alegre y bullicioso. En las ciudades ordenadas la velocidad disminuye, como en el curso bajo de un río, manso, tranquilo, a veces incluso apático, triste.

Ciudades donde cualquier iniciativa cultural resulta artificial, víctima de su espacio, donde la gente no se implica, no lo vive. Ciudades espejo en las que mirarse resulta difícil pero que siempre resultan estéticamente bellas, en contraposición con las ciudades dramáticas, donde todo surge de la implicación de sus habitantes.

lunes 30 de marzo de 2009

Mina

Mina Mazzini... nada que decir.

Por cierto... ha sacado un nuevo disco "Sulla tua bocca lo dirò"... muy diferente... habrá que volver a escuchar a la tigresa de Cremona





En estos vídeos las canciones que más escucho y me gustan de ella. Sobre todo esta última. Un bacio è troppo poco.


Y cómo no, este versión de Moliendo café que me trae recuerdos de la infancia

lunes 23 de marzo de 2009

Horizonte




Siempre he considerado la vida mucho más sencilla de lo que pretendemos. Tan sencilla que con mirar a los ojos de un amanecer nos debería bastar. Con observar los buitres en ronda sobre un ternero recién parido. O los cernícalos. Tan sencilla y fácil de comprender desde lo alto del castillo, donde kilómetros de distancia son visibles en derredor de uno. Donde se ven los campos labrados, los ríos, los pantanos, los últimos neveros en las montañas al sol de atardecer en primavera. Tan súmamente sencilla.

La maravilla de la vida es ésa; ella misma; su total independencia de nosotros. El egocentrismo del hombre sobre la naturaleza nos ha hecho perder la perspectiva. Y en lugar de comprender nuestra pequeñez, buscamos darle una significación a nuestra vida, obviando que nuestra vida ya tiene un significado como parte de ella.

Sentarse sobre las ruinas de un torreón del castillo, volcado por el paso del tiempo, apoyar el cayado sobre el hombro y la cabeza sobre éste. Hacer visera con las manos para evitar el sol ya casi horizontal y mirar abajo los pueblos y villas, los pantanos, los árboles y el palacio. Al fondo la ciudad y más allá las montañas que cierran el anillo de nuestro horizonte, tras las que, en breve, se esconderá el sol para que la vida nocturna se inicie más allá de su vista, y la diurna repose.

Entonces todo resulta tan sencillo de comprender. La montaña. Un punto alto desde el que vernos pequeños. Tan nímios como una sombra velada sobre las ruinas de lo que fue. De lo que ya no es. De aquello que, emulado en grabados y tallado en escudos de armas, pretendemos contínuo. Nuestros recuerdos, nuestra memoria. Memoria que no deja de ser un estandarte polvoriento que nunca podremos comprender. Porque nunca estuvimos allí a pesar de que lo idolatremos. Memoria que adaptamos en historias y leyendas, incapaces de interpretar.

Abrir los pulmones al último aire de la tarde. Respirarlo con los ojos cerrados, con la luz del sol atravesando nuestros párpados. Aguzar el oído y el olfato. Abrir esos otros ojos, los de nuestra mente, manteniendo cerrados los corrompidos por la velocidad de esta sociedad que nos arrastra.

No todo empieza y acaba tras los muros de hormigón. Estemos o no, la vida sigue por sus caminos y fluye por los cauces de deshielo que, hoy secos, esperan ansiosos para jugar con la nieve que llegará la próxima semana, de nuevo. Mana en las fuentes para perderse en los mares, lejos, muy lejos de nosotros. Los árboles, los veamos o no, pronto sacarán sus nuevos brotes, posteriormente las flores y luego los frutos para más tarde perder toda vestimenta y quedar desnudos al nuevo invierno que vendrá irremisiblemente.

La vida es mucho más sencilla dentro de su complejidad. Retratada en los surcos de la frente de los hombres de campo. Y los problemas son siempre relativos, a pesar de sus ojos hundidos por el paso del tiempo y el rigor de la intemperie. El mañana también amanecerá fuera de los muros de piedra de la casa y debemos salir a saludarlo, llueva, nieve o truene. Y agradecer y disfrutar de todo lo que nos brinda desde nuestra insignificante posición.

Como ya he dicho antes, no somos sino nuestra sombra velada sobre los muros en ruinas del torreón del castillo.