viernes, 15 de febrero de 2013
¿Y ahora qué?
lunes, 25 de junio de 2012
Infinita è la notte
miércoles, 18 de agosto de 2010
Buy some time

Sin dar más detalles, seis días en Florida no parece tampoco algo digno de mención. Si añado el detalle de que he visitado a mi hermana, y si a eso le sumo que hacía diecisiete años que no nos veíamos, entonces, claro es que este hecho debe eclipsar cualquier otro que haya sobrevenido a lo largo de este último año. Y así es. Diecisiete años en que no supe cuán grande era el agujero que su ausencia dejó en mi corazón. Seis días para conocer el alcance del mismo y para que ese agujero cerrara, colmatando en una lágrima en mis ojos con su solo recuerdo.
A pesar de que el problema del idioma y mi falta de uso del inglés básicamente, nos robó tres días enteros de los seis, tres días preciosos que no recuperé salvo en la necesidad imposible de haber prolongado mi estancia. Pero, ¿Cúanto habría querido prolongar mi estancia? Seguramente no habría sido capaz de marcar un fin diáfano en mi necesidad de disfrutar de ella. Seis días en los que volvimos a ser los que fuimos cuando adolescentes, pero envueltos ya, en una inevitable vida de adultos. Seis días en los que nos hemos reído, más hemos llorado, pero sobre todo, nos hemos abrazado, a veces con las palabras, siempre con las miradas y a menudo físicamente. Seis días en los que he conocido a mis sobrinas, Mia y Tatiana. Dos seres dulces de siete y cinco años que me han hecho adorar los niños. Que he vuelto a ver los ojos azules de mi hermana y sus hijas. Sus sonrisas idénticas y su gran sensibilidad. Seis días para darme cuenta de que, tal y como dice el tango, quince años no es nada. Ni diecisiete. Porque cuando hay una línea abierta de sangre por medio, que une dos almas, ni la distancia de todo un océano ni el tiempo que pasa inexorable, pueden destruir nada. Al contrario. Esa sensación de habernos visto hace dos días, esa calidez, ese cariño mutuo, sólo consigue que la distancia emborrone mis ojos al pensar en ellas y lo difícil que la vida pone la distancia, para que al final, todo resulte como al principio, de nuevo.
Y es entonces, cuando de nuevo la vuelvo a echar en falta. Cuando me gustaría que estuviese aquí conmigo. O estar yo con ella. Cuando maldigo la distancia de la gente que se va, de la gente que regresa. De la gente que pasa por mi corazón abriendo una brecha, a sabiendas de que más adelante huirá. de mi corazón que se abre, consciente también de que luego habrá de sentirse abandonado y abandonará a su vez.
Y en el mismo acto de maldición repito la asunción. Y a menudo me encuentro en la más pura insustancialidad de la contradicción. Porque asumo como natural, y me alegro, esa diferencia, esa distancia, y la acepto tal y como viene. A veces me gustaría no conformarme.
jueves, 27 de agosto de 2009
Y si muriera ayer
Pues desperté vagando por Paris
Atravesando sus bulevares imaginarios
Desconocidos a mis ojos, que no a mis sueños
Y la Piaf me susurraba su “Vie en rose” rota.
Y si muriera ayer, sonreíd.
Porque la lluvia fría de la mañana
Alivió el peso almacenado por el verano
En mis pulmones cargados y resecos de sol.
Y las gotas resbalaban por mis mejillas, empapando la razón.
Y si muriera ayer, sonreíd.
Pues el camino a casa fue largo
Guiado por la luna creciente
Marcando siempre el Mediodía.
Y las nubes apagaron las bujías de la noche.
Y a diario, si muriera, a diario, sonreíd.
Y mirad al cielo y pensad en mí.
Y dedicadme una sonrisa.
martes, 19 de mayo de 2009
Pérdidas
martes, 31 de marzo de 2009
Ciudades
A día de hoy sigo sin comprender cómo muchas ciudades determinan sus límites. Entiendo la ciudad como cuando de pequeños estudiábamos lengua, es decir, como un sustantivo colectivo, pero con una pequeña diferencia que quizá me haya dado la edad: la ciudad es un ser colectivo, pero ser. Vivo, cambiante, abstracto en su concepto pero de magnitudes concretas, al menos durante un lapso de tiempo, por breve o extenso que éste sea.
Pero las ciudades de mi infancia poseían límites concretos. Eran ciudades del norte, acorraladas por montañas, frenadas en su crecimiento por ellas, o por el mar, único horizonte libre del que disponían. Las montañas definían a los ojos de un niño el límite físico de la ciudad. Montañas por las que la ciudad iba trepando atormentada saliendo de su agujero, hasta que éstas la estrangulaban y, debido a sus pendientes excesivas, y tras una lucha de callejas serpenteantes y bloques descolgados de las laderas, éstas ganaban a la ciudad y le imponían su círculo máximo, de donde la ciudad no podía escapar. Cuando uno había llegado a ese límite era plenamente consciente de ello, la montaña o el mar le decían “Hasta aquí puedes llegar” y volvía a casa contento de haber conquistado el fin del mundo posible.
Ya de más mayor he conocido ciudades donde esto no sucede. Ciudades llanas de interior que terminan donde el hombre decide y planifica su límite. Y así las últimas casas de las barriadas perimetrales miran al campo y al horizonte. Un horizonte despejado, premeditado, equidistante. Ciudades que no se enraízan con el medio físico, que no se baten con él, sino que se asemejan a una alfombra desenrollada sobre la tarima de un piso. Ciudades que me resultan artificiales, que me transmiten tristeza y que, al fin y al cabo no se asoman a ninguna parte. Ni a la línea de costa ni al balcón de las laderas de una montaña. Ciudades creadas sin esfuerzo y con tiralíneas, demasiado ordenadas para mi caos infantil. Estas ciudades me producen una gran ansiedad cuando, paseando por sus arrabales, llego a la última calle, sobrepaso la última construcción y encuentro campo, llanura, horizonte, todo y nada. Y me pregunto ¿Y ahora qué?¿Qué hay más allá? Con las manos en los bolsillos, alzo los hombros resignado, doy media vuelta mirando atrás de vez en cuando por si sólo se trata de una percepción y realmente hay algo más, compruebo que no, y regreso andando, arrastrando los pies, alicaído.
Ciudades en las que no hay lugar para los contrastes, para los sueños, para los tormentos, para los deseos y las tristezas. Ciudades planas de habitantes planos, ciudades ordenadas de habitantes ordenados, donde todo problema se sufre y se resuelve de puertas adentro, donde nada trasciende a la vida pública y todo se escapa entre sus calles sin encontrar laderas que devuelvan el eco, como se escapa el agua entre los dedos, trenzando hilos que desaparecen nada más pasar.
Y de igual manera que el medio físico determina la configuración urbana, la configuración urbana determina en gran medida la personalidad de sus habitantes.
En las ciudades caóticas la vida de sus habitantes resulta compleja. Un torrente rápido, continuo ir y venir tortuoso de sus gentes, alegre y bullicioso. En las ciudades ordenadas la velocidad disminuye, como en el curso bajo de un río, manso, tranquilo, a veces incluso apático, triste.
Ciudades donde cualquier iniciativa cultural resulta artificial, víctima de su espacio, donde la gente no se implica, no lo vive. Ciudades espejo en las que mirarse resulta difícil pero que siempre resultan estéticamente bellas, en contraposición con las ciudades dramáticas, donde todo surge de la implicación de sus habitantes.
lunes, 30 de marzo de 2009
Mina
Por cierto... ha sacado un nuevo disco "Sulla tua bocca lo dirò"... muy diferente... habrá que volver a escuchar a la tigresa de Cremona
En estos vídeos las canciones que más escucho y me gustan de ella. Sobre todo esta última. Un bacio è troppo poco.
Y cómo no, este versión de Moliendo café que me trae recuerdos de la infancia
lunes, 23 de marzo de 2009
Horizonte
Siempre he considerado la vida mucho más sencilla de lo que pretendemos. Tan sencilla que con mirar a los ojos de un amanecer nos debería bastar. Con observar los buitres en ronda sobre un ternero recién parido. O los cernícalos. Tan sencilla y fácil de comprender desde lo alto del castillo, donde kilómetros de distancia son visibles en derredor de uno. Donde se ven los campos labrados, los ríos, los pantanos, los últimos neveros en las montañas al sol de atardecer en primavera. Tan súmamente sencilla.
La maravilla de la vida es ésa; ella misma; su total independencia de nosotros. El egocentrismo del hombre sobre la naturaleza nos ha hecho perder la perspectiva. Y en lugar de comprender nuestra pequeñez, buscamos darle una significación a nuestra vida, obviando que nuestra vida ya tiene un significado como parte de ella.
Sentarse sobre las ruinas de un torreón del castillo, volcado por el paso del tiempo, apoyar el cayado sobre el hombro y la cabeza sobre éste. Hacer visera con las manos para evitar el sol ya casi horizontal y mirar abajo los pueblos y villas, los pantanos, los árboles y el palacio. Al fondo la ciudad y más allá las montañas que cierran el anillo de nuestro horizonte, tras las que, en breve, se esconderá el sol para que la vida nocturna se inicie más allá de su vista, y la diurna repose.
Entonces todo resulta tan sencillo de comprender. La montaña. Un punto alto desde el que vernos pequeños. Tan nímios como una sombra velada sobre las ruinas de lo que fue. De lo que ya no es. De aquello que, emulado en grabados y tallado en escudos de armas, pretendemos contínuo. Nuestros recuerdos, nuestra memoria. Memoria que no deja de ser un estandarte polvoriento que nunca podremos comprender. Porque nunca estuvimos allí a pesar de que lo idolatremos. Memoria que adaptamos en historias y leyendas, incapaces de interpretar.
Abrir los pulmones al último aire de la tarde. Respirarlo con los ojos cerrados, con la luz del sol atravesando nuestros párpados. Aguzar el oído y el olfato. Abrir esos otros ojos, los de nuestra mente, manteniendo cerrados los corrompidos por la velocidad de esta sociedad que nos arrastra.
No todo empieza y acaba tras los muros de hormigón. Estemos o no, la vida sigue por sus caminos y fluye por los cauces de deshielo que, hoy secos, esperan ansiosos para jugar con la nieve que llegará la próxima semana, de nuevo. Mana en las fuentes para perderse en los mares, lejos, muy lejos de nosotros. Los árboles, los veamos o no, pronto sacarán sus nuevos brotes, posteriormente las flores y luego los frutos para más tarde perder toda vestimenta y quedar desnudos al nuevo invierno que vendrá irremisiblemente.
La vida es mucho más sencilla dentro de su complejidad. Retratada en los surcos de la frente de los hombres de campo. Y los problemas son siempre relativos, a pesar de sus ojos hundidos por el paso del tiempo y el rigor de la intemperie. El mañana también amanecerá fuera de los muros de piedra de la casa y debemos salir a saludarlo, llueva, nieve o truene. Y agradecer y disfrutar de todo lo que nos brinda desde nuestra insignificante posición.
Como ya he dicho antes, no somos sino nuestra sombra velada sobre los muros en ruinas del torreón del castillo.
miércoles, 11 de marzo de 2009
La Lavadora, lo más importante para la emancipación de la mujer
martes, 10 de febrero de 2009
viernes, 5 de diciembre de 2008
Cuando ya no me quedan palabras
Sólo gritos ahogados
R.E.M. The Great Beyond
He visto caer de tus ojos estrellas en silencio
Todas las vistas que he visto
No puedo creer que yo creyera que deseaba que pudieras ver
Que hay un nuevo planeta en el Sistema Solar
Que no tengo nada planeado
Estoy empujando un elefante escaleras arriba
Estoy lanzando elementos clave que nunca hubo
Sobre mi hombro cae un piano
Estrellándose contra el suelo
Y todo este hablar del tiempo
La charla es agradable
Y no quiero quedarme dando vueltas
¿Por qué no podemos fingir, sólo cerrar nuestros ojos
y dormir sueños dulces, estando aquí con alas en los pies?
Estoy empujando un elefante escaleras arriba
Estoy lanzando elementos clave que nunca hubo
Sobre mi hombro cae un piano
Estrellándose contra el suelo
Estoy atravesando las líneas
Estoy doblando cucharas
Estoy manteniendo flores en plena floración
Estoy buscando respuestas del "más allá"
Quiero los colibrís, los osos que danzan
Los sueños más dulces sobre ti
Estudiar las estrellas
Estudiar la luna
Estoy empujando un elefante escaleras arriba
Estoy lanzando elementos clave que nunca hubo
Sobre mi hombro cae un piano
Estrellándose contra el suelo
Estoy atravesando las líneas
Estoy doblando cucharas
Estoy manteniendo flores en plena floración
Estoy buscando respuestas del "más allá"
Estoy atravesando las líneas
Estoy doblando cucharas
Estoy manteniendo flores en plena floración
Estoy buscando respuestas del "más...", respuestas del "más...", respuestas
Estoy atravesando las líneas
Estoy doblando cucharas
Estoy manteniendo flores en plena floración
Estoy buscando respuestas del "más allá"
Estoy atravesando las líneas
Estoy doblando cucharas
Estoy manteniendo flores en plena floración
Estoy buscando respuestas del "más...", respuestas del "más...", respuestas
martes, 10 de junio de 2008
Vida y destino

Esta última temporada estoy acabando el libro de Vasili Grossman Vida y destino. Un libro que al principio cuesta seguir, pero que a lo largo de los pasajes descritos de la vida soviética durante el asedio alemán a Stalingrado, en plena segunda guerra mundial, me deja lleno de preguntas y reflexiones. Pone, en cambio, palabras a ciertos criterios que comparto en cuanto a modos de pensar y de vivir que jamás habría sido yo capaz de plasmar en negro sobre blanco.
Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera.
Por último deciros que durante unos días y por trabajo, no estaré con vosotros. El Mediterráneo sustituirá la campiña alavesa en mis miradas, pero será por un breve lapso de tiempo. La semana que viene volveré, aunque probablemente este sea el inicio de un pequeño letargo del blog hasta que de nuevo esté bien ubicado en algún lugar de la geografía. Como diría mi abuela materna, es tiempo de tribulaciones. Un abrazo.
viernes, 23 de mayo de 2008
El Palau de la música catalana
Desde la mesa en que me senté se apreciaba la escalera que sube hacia el patio de butacas, con sus balaustres de vidrio templado de color amarillo y materiales cerámicos.
El Palau de la música catalana tiene una historia preciosa, un lugar muy pequeño y falto de luz para su construcción y una solución arquitectónica que consigue salvar estas dificultades, dotándole de una luz espectacular y una sonoridad más que aceptable.
El Palau de la Música Catalana fue construido hace cien años en sintonía con las aspiraciones colectivas de un pueblo y como consecuencia de las ideas más avanzadas que dominaban la sociedad de la época.
Este monumento arquitectónico único, proyectado por el genial arquitecto Lluís Domènech i Montaner por encargo del Orfeó Català, nació con aquella genética abierta y vanguardista que es la clave de su trayectoria cultural, de su singular conexión con los ciudadanos, y de su reconocimiento universal.
En esa época ya existía el Liceu, con un escenario mucho mayor que el que se construiría en el Palau. Pero, el Palau, cuyo escenario en principio se estudia tan sólo para acoger al Orfeó - y por tanto, de dimensiones más reducidas- es un proyecto nacido del pueblo y construído gracias a la aportación de éste.
Pero más allá de todo esto, el Palau surge como una aspiración del pueblo de Barcelona y muy pocos recursos. Por eso, y porque el solar del que se dispone es pequeño y está entre calles estrechas, el proyecto y su posterior construcción adquieren mayor relevancia.
Un ejemplo de esto lo encontramos en los materiales que se utilizaron para su construcción. A fin de abaratar costes, Domènech i Montaner estudia un Palau en que los materiales cerámicos y el vidrio sean los protagonistas. Así, además de abaratar costes debido a la existencia de numerosos artesanos que dominan y trabajan estas técnicas y materiales en la Cataluña de hace cien años, consigue, por un lado y gracias a las vidrieras, dotar de una luz maravillosa a un rincón oscuro, y por otro y gracias a las múltiples formas de los materiales cerámicos, sustituir las maderas nobles que siempre mejoran la acústica de un auditorio, por un material mucho más económico y accesible con si no el mismo, un muy buen resultado.
En su auditorio destacan las grandes vidrieras que circundan el patio de butacas, pero sobre todo e indiscutiblemente la lucera del techo, esa gota de luz a punto de caer. Aparte, las lámparas se lanzan sobre el patio de butacas, consiguiendo desde lo alto, alumbrar todo el patio. Las columnas de mosaico, así como las musas que literalmente salen de la pared del escenario para inspirar a los artistas, consiguen crear un ambiente rico y especial.
Me queda pendiente.
miércoles, 14 de mayo de 2008
lunes, 7 de abril de 2008
Y no hice nada
Yo estaba ahí, lo ves a mi lado,
Teníamos seis años, jugábamos como niños a los médicos,
A los médicos.
Yo no creía a mis ojos,
Mis ojos.
Mira las quemaduras, ahí sobre mis brazos, no las siento,
No las siento.
Yo estaba ahí, no dije nada.
Después me fui de su casa.
¿Qué si volví? Nunca más,
Nunca más.
Estábamos en la bodega en casa de sus padres.
Le amaba tanto.
Debo decir que era guapo, pero se pinchaba heroína mi héroe.
Yo estaba ahí cuando su madre nos vino a decir,
Se acabó-lo enterramos el lunes,
El lunes.
Yo había llorado, claro, sí, yo había llorado.
Después comencé a vagabundear de nuevo.
Afuera.
Sí, yo estaba en la manifestación, con todos mis compañeros.
Yo estaba ahí, es cierto que no comprendíamos nada.
Pero nos parecía bien.
Bien.
Yo había cantado.
Cantado.
Y había levantado mi vaso por aquellos que no tienen nada.
Un vaso más, no se podía hacer nada.
Yo vi el mundo estremecerse.
Estremecerse.
Yo estaba ahí, sabía todo de Somalia, Bangladesh y Ruanda,
Yo estaba ahí.
Vi bien la suerte que el Norte le reserva al Sur,
Comprendí la desgracia.
Yo estaba ahí para contar los muertos.
Yo estaba ahí...
y no hice nada.
Y no hice nada.
Yo estaba ahí, sin embargo.
Yo estaba ahí y no hice nada.
Y no hice nada
ZAZIE. J'etais là
miércoles, 2 de abril de 2008
Zorra
A veces la interacción del hombre con los animales resulta hasta bonita. Lo sé, los raposos me pueden. Cuando, a diario, vuelvo a casa y los veo por el camino siempre me ganan sus miradas.
martes, 18 de marzo de 2008
Los ejes de mi carreta o toda una declaración de intenciones

A veces es necesario que los ejes suenen, e incluso chirríen. Nos devuelven a una vida rica en matices, nos acompañan en la soledad e incluso, a veces, el propio ruido que generan nos harta, devolviéndonos de nuevo al plano real.
Por eso, yo no quiero engrasar los ejes de mi carreta, prefiero que suenen aunque me llamen abandonao. Con el tiempo voy comprendiendo los momentos en que mi padre cantaba, cuando yo era niño, la primera estrofa de esta canción tan bella. Comprendo los tiempos y los modos, las razones son suyas.
Y a veces es necesario plantarse y decidir que si los ejes suenan, no tiene que ser malo. Sólo es. Siempre que deba ser.
Así que...
Los ejes de mi carreta (Atahualpa Yupanqui)
Porque no engraso los ejes,
me llaman abandonao...
Porque no engraso los ejes,
me llaman abandonao
Si a mí me gusta que suenen,
pa' que los quiero engrasaos.
Si a mí me gusta que suenen,
pa' que los quiero engrasaos.
Y es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella.
Y es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella.
Demasiao largo el camino
sin nada que me entretenga.
No necesito silencio
yo no tengo en qué pensar
No necesito silencio
yo no tengo en qué pensar
Tenía pero hace tiempo
ahura ya no pienso más
Tenía pero hace tiempo
ahura ya no pienso más
Los ejes de mi carreta
nunca los voy a engrasar.
jueves, 28 de febrero de 2008
I vecchi amori
Pasado el tiempo, se convierten en un refugio agradable. Si uno tiene la suerte de reencontrarse, se transforman en un café cómplice, un paseo por la orilla, sin mentiras ni tapujos, con miradas sinceras, sin miedos ni tiempos marcados que respetar. A fín de cuentas, los viejos amores no necesitan de explicación, lo saben todo. Y escuchan, y comprenden, incluso abrazan con sus miradas, sin aconsejar consejos a oídos que ya no los esperan.
Una mirada les basta, un parpadeo, una media sonrisa. Son una mano tendida con la palma abierta hacia arriba.
Porque los viejos amores, cuando lo han sido de verdad, se convierten en un bien que atesoramos en el fondo de nuestra memoria. En ese lugar donde sólo guardamos lo importante. Su recuerdo íntimo es una de las pocas cosas que nos pertenece en esta vida.
miércoles, 16 de enero de 2008
¿Pilates?... No, Tremarella
¿Quieres cinturita Deneuve a los veinte?
¿Brazos flácidos? Nunca más
¿Demasiado turrón estas fiestas?
Un pequeño consejo que te hará sentirte mejor
Repite conmigo, Tremarella, Tremarella, Tre-ma-rel-la
Con Edoardo Vianello y sus turgentes señoritas de verde que parecen ir en 3ª en el Madrid-Hendaya. Quince minutos al día.
Ejercitar también para evitar el Síndrome de la clase turista en vuelos transoceánicos -y para alegrar al resto del pasaje- y en el metro y el autobús urbano al ir al trabajo (necesario desinhibirse)
Resultados asombrosos. Quince centímetros en dos días.








